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JESÚS Y LOS RICOS.(Mc 10,17-30). “Que me importa ganar diez, si sé contar hasta tres.”(Canción popular).

Enviado por Catedral de Apatzingan el sábado, 10 de octubre de 2015 | 22:34

 
 
Pbro. Salvador M. González M. SNSJ

 El tema de la riqueza siempre ha sido un punto de controversia entre los cristianos. ¿Será posible ser cristiano y rico a la vez? La experiencia nos muestra que hay muchos hombres muy ricos que se dicen cristianos; es más, en algunos momentos de la historia nos hemos encontrado con una Iglesia muy rica. ¿Cómo, pues, compaginar esta actitud de los cristianos y aquellas palabras de Jesús:  “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios...!”  “Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que ha un rico entrar en el Reino de Dios!”  (Mc 10,25).

 En este punto la doctrina de Jesús siempre ha sido muy clara: “No pueden servir a dos señores... No pueden servir a Dios y al dinero”  (Mt 6,24). ¿Qué querrá decirnos Jesús con semejantes palabras? ¿Será la voluntad de Dios que los cristianos vivamos en la miseria y que no poseamos bienes materiales? Y entonces ¿Cómo compaginar la idea veterotesmentaria de que la bendición de Dios se manifiesta precisamente en la abundancia de bienes materiales?

 Para Jesús las cosas materiales son buenas y los hombres deben disfrutarlas como un regalo de Dios (de hecho el Evangelio nos dice que él mismo así lo hace). Es precisamente por esto por lo que Jesús condena brutalmente a los ricos y maldice a los hombres que acaparan y poseen más  de lo que necesitan para vivir mientras que hay hermanos suyos que mueren de hambre. En su proclamación del Reino Jesús anuncia la desaparición de la pobreza, el dolor, del llanto del hombre. Poseer bienes de sobre mientras que hay hermanos que mueren de hambre es un atentado contra El Reino de Dios. En este sentido la parábola del rico y el pobre Lázaro es muy iluminadora (cf. Lc 16,19ss).

 La riqueza despierta en nosotros la necesidad insaciable de tener más y más... El Divino Maestro ha visto con profundidad que la riqueza fácilmente ahoga en el hombre los deseos de libertad, justicia y fraternidad que nacen desde lo más profundo de nuestro corazón. La experiencia nos muestra que la riqueza endurece a los hombres y los insensibiliza a las necesidades de los demás. Y lo que es peor, hay algunos que son capaces de matar con tal de poseer los bienes del prójimo (pensemos por ejemplo en los asaltantes, secuestradores, narcos, etc.). Es por eso que Jesús señala que aunque el rico viva una vida piadosa e intachable, algo esencial le hace falta para entrar en el Reino de Dios. Algo falla en nuestra vida cristiana cuando somos capaces de vivir disfrutando y poseyendo más de lo necesario, sin sentirnos interpelados por el mensaje de Jesús y las necesidades de los pobres.
 La comunidad cristiana primitiva así lo entendió como lo testifica el evangelio apócrifo de los nazarenos en su versión de este pasaje: “Le dijo el segundo de los hombres ricos: Maestro ¿Qué he de hacer para vivir? El le dijo: Haz lo que está mandado en la Ley y los Profetas. El otro respondió: Ya lo he hecho. El le dijo: Entonces ve, vende lo que posees y repártelo a los pobres y sígueme. Entonces el rico comenzó a rascarse la cabeza, pues no le gustó nada en absoluto. Y el Señor le dijo: ¿Cómo puedes decir: he cumplido lo que está en la Ley y los Profetas? Pues en la Ley está escrito: Debes amar a tu prójimo como a ti mismo. Y mira: muchos de tus hermanos, hijos de Abraham, van cubierto con harapos inmundos y mueren de hambre, mientras tu casa está cubierta de bienes, y no sale nada de ella para ellos”.

 El ideal cristiano es poseer sólo lo necesario para vivir con dignidad (eso es lo que pedimos a Dios cuando rezamos el ‘Padre nuestro:’ “Danos hoy nuestro pan de cada día”). No podemos considerarnos auténticos cristianos si somos capaces de poseer más de lo necesario sin sentirnos interpelados por la pobreza de nuestros hermanos.

 “Entonces, ¿Quién podrá salvarse?” exclamaron los discípulos. “Es imposible para los hombres, respondió Jesús, más no para Dios. Para Dios todo es posible.”  Con esto no quiere decir Jesús que Dios puede hacer que un rico entre con su riqueza al cielo, sino que puede cambiar el corazón del hombre para que comparta su riqueza con los pobres. De hecho, en la comunidad primitiva, todos compartían sus bienes y entre ellos ninguno pasaba necesidad (Act. 4, 32-37). El ideal del Reino era una realidad.

 El Evangelio de hoy viene a cuestionarnos sobre nuestra actitud ante los bienes de este mundo. Ojalá, que a diferencia del joven rico, nosotros sí estemos dispuestos a seguir a Jesús por el camino del amor y de la solidaridad y a comprender lo que la sabiduría popular ha hecho canción: “Para qué quiero tener diez, si sólo sé contar hasta tres.”  En realidad son muy pocas cosas las que necesitamos para vivir. Cuando entendamos esto habremos adquirido la sabiduría de la vida y las puertas del Reino estarán abiertas para nosotros.

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