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XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, “B” (Is 50, 5-9ª; Sal 114; Sant 2, 14-18; Mc 8, 27-35).

Enviado por Catedral de Apatzingan el jueves, 10 de septiembre de 2015 | 22:41

 
 
P. Ángel Moreno de Buenafuente.

EL RETO DE LA CONFIANZA
Las lecturas de hoy nos disponen a la confianza, y no porque uno sea de carácter optimista, y vea por ello las cosas de manera positiva, sino porque se funda en la Palabra del Señor, en la fidelidad de Dios a su propia promesa. También lo digo en parte por mi experiencia creyente, porque he vivido acontecimientos en los que he sentido la mano del Señor. Así lo expresa el profeta: “Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?” (Is 50, 9).

Te puede parecer arenga barata, para aguantar lo insufrible; puedes creer que mis consejos son palabras de vendedor ambulante, que vocea su mercancía con ganas de aliviar su peso. Pero no, la razón de invitarte a la confianza no es por descargarme yo, sino para decirte que es posible caminar ligero, a pesar de la prueba, de la debilidad, del sentimiento de impotencia. El salmista se ofrece como testigo: “El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó” (Sal 114).

Jesús no nos engaña, no nos invita con discursos halagadores, ni utiliza la ley de la sugestión cautivadora para atraer hacia su persona y hacia su proyecto. Por el contrario, desde el principio muestra la dureza del camino del seguimiento, aunque revela un secreto al que se debe dar fe, para que se convierta en la clave del discípulo: la confianza en la palabra del Maestro, fiarse de Él, saber que no engaña, y que si propone llevar la cruz, o renunciar a lo que nos parece necesario, no es porque le guste hacernos sufrir, sino porque detrás de la prueba viene el alivio; detrás del despojo se experimenta el regalo; detrás de la negación, acontece el don.

El Evangelio es Buena Noticia, pero a su vez se nos presenta en clave paradójica, porque perder es ganar; dar es recibir; la ultimidad es primacía; morir es vivir; renunciar es obtener. No se acierta poniéndose a servir para que nos conviertan en señores; ni  dando uno para que nos devuelvan diez; pero quien se atreve a confiar y a arriesgar en nombre del Señor, no quedará defraudado. 

Las palabras del Evangelio de este domingo concentran el núcleo de la conducta cristiana: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.» (Mc 8, 35). 

De ti depende quedarte atrincherado en tu pobreza, o fiarte de Jesús y seguirlo por el camino que avanza hacia la entrega total, sabiendo que Él es fiel y no te va a exigir más de lo que puedas; por el contrario, te va a dejar gustar del desbordamiento de su gracia, de su ayuda, incluso en acontecimientos sorprendentes que te sucederán y que sabrás interpretar como manifestación de la Providencia divina, más allá de tu esfuerzo o de tu mérito.
¡Atrévete a fiarte de Jesucristo, y síguelo!
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