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“EL SILENCIO DE DIOS.” (Mc. 6,30-34). “Se levantó muy de madrugada y se fue a un lugar desierto.” (Mc. 1,35).

Enviado por Catedral de Apatzingan el domingo, 19 de julio de 2015 | 18:10

 
 
Pbro. Lic. Salvador M. González M.

 Me invitaron a bendecir, cierta ocasión, la casa de una pareja de esposos jubilados. Los hijos se habían casado y ellos habían quedado solos en casa. Me llamó la atención ver que en la cocina había un radio, en la sala una televisión y un estéreo, en el baño de la casa otro radio y en la alcoba nupcial televisión y radio. Para mi sorpresa, cuando llegué, todos estaban encendidos. Preguntando la razón, la esposa se adelantó a decirme: “Es que no me gusta estar sola y así, si estoy en la cocina, en la sala o en la recámara tengo la sensación de que alguien está con nosotros.”

 El hombre moderno tiene miedo de sí mismo y por eso ha llenado su vida de ruidos. Chirrían los autobuses por las calles, la gente habla a gritos, aúllan los televisores, se alimentan de estrépitos los radios, y que decir de las discotecas y centros nocturnos, que hoy llaman antros. Nada se teme tanto como la soledad silenciosa.

 A Jesús, por el contrario, le encantaban los lugares desiertos donde se pudiera escuchar el murmullo del viento, el canto de los pájaros y el latir del corazón. Donde el hombre puede entrar dentro de sí mismo, hacer un alto en la vida, revisar y orientar. Cuando los discípulos regresan del viaje misionero se los lleva a un lugar así. Es necesario descansar del ruido que distrae, que no deja ver con claridad, que impide escuchar la voz de Dios. “Vengan a un sitio tranquilo y descansen un poco,” es la invitación.

 Es en el silencio donde Dios habla a los hombres. El P. J.L. Martín Descalzo nos dice al respecto: “Nadie percibe que en el silencio está Dios, que hace dos mil años se nos volvió Palabra silenciosa. Pisó el mundo sin ruido, no entró en la humanidad precedido de heraldos trompeteros, sino calladamente, en un portal perdido en un poblacho, entre dos bestias silenciosas y dos padres que le miraban atónitos y callados. Es terrible, sí: ‘Vino Dios al mundo y ni los periodistas se enteraron.’ La Buena Noticia estaba construida de silencio. Sus únicos titulares fueron los vagidos de un bebé. ¿Cómo podía enterarse un mundo habituado a los sabores fuertes y picantes, a las noticias precedidas de redobles de tambor?” Un mundo que no pudo escuchar el silencio de Belén, tampoco fue capaz de escuchar el silencio de la cruz.

 “Vengan a descansar a un lugar tranquilo.” Invitación que nos hace el Señor Jesús el día de hoy. ¿Por qué no hacer un alto en nuestra vida? ¿Por qué no alejarnos del ruido del mundo y la palabrería de la gente para tener un momento de intimidad con Dios? ¿Por qué no preguntarnos si el camino que llevamos es el que Él quiere?

 Cuando el profeta Elías perdió el rumbo en su ministerio y no sabía cuál era el camino a seguir, marchó al monte de Dios, el Horeb, y ahí, no en la violencia del huracán, ni en la fuerza del terremoto ni en la majestuosidad del fuego, sino en el murmullo de la brisa tenue escuchó “el silencio de Dios.”
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