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III DOMINGO DE ADVIENTO. (Is 61, 1-2a. 10-11; 1Tes 5, 16-24; Jn 1, 6-8. 19-28)

Enviado por Catedral de Apatzingan el sábado, 13 de diciembre de 2014 | 18:02

 
P. Ángel Moreno de Buenafuente.

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO
El papa Francisco nos regaló su primera encíclica, “La alegría del Evangelio”, y cada día nos confirma, con sus palabras y discursos, en esta actitud cristiana de vivir alegres porque nos sabemos salvados por el Señor.

Este domingo, la Liturgia, ante la proximidad de la Navidad, desborda de gozo e invita a la alegría, trayendo a nuestra consideración textos emblemáticos en los que se da la concurrencia de la expresión alegría, como es el canto del Magnificat. “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1, 46).

El profeta Isaías y san Pablo se aúnan en la misma invitación: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas” (Is. 61,). “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar” (1Tes. 5, 16).

La razón para estar alegres nos la da el Evangelio con el anuncio que hace Juan Bautista: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia” (Jn 1,27).

INVITACIÓN A LA ALEGRÍA
Hoy se celebra San Juan de la Cruz, el patrono de los poetas. Y la santa doctora nos adentra en la experiencia gozosa de la oración, cuando Dios quiere dar al alma a saborear su presencia. Transcribo el texto de Santa Teresa, por la abundancia de veces que aparece en él la referencia  al gozo espiritual.

“Entre estas cosas penosas y sabrosas juntamente da nuestro Señor al alma algunas veces unos júbilos y oración extraña, que no sabe entender qué es. Porque si os hiciere esta merced, le alabéis mucho y sepáis que es cosa que pasa, la pongo aquí. Es, a mi parecer, una unión grande de las potencias, sino que las deja nuestro Señor con libertad para que gocen de este gozo, y a los sentidos lo mismo, sin entender qué es lo que gozan y cómo lo gozan. Parece esto algarabía, y cierto pasa así, que es un gozo tan excesivo del alma, que no querría gozarle a solas, sino decirlo a todos para que la ayudasen a alabar a nuestro Señor, que aquí va todo su movimiento. ¡Oh, qué de fiestas haría y qué de muestras, si pudiese, para que todos entendiesen su gozo! Parece que se ha hallado a sí, y que, como el padre del hijo pródigo, querría convidar a todos y hacer grandes fiestas, por ver su alma en puesto que no puede dudar que está en seguridad, al menos por entonces. Y tengo para mí que es con razón; porque tanto gozo interior de lo muy íntimo del alma, y con tanta paz, y que todo su contento provoca a alabanzas de Dios, no es posible darle el demonio” (Moradas VI, 6, 10).
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