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“LA VID VERDADERA” Jn 15,1-8. “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel” (Is 5,7).

Enviado por Catedral de Apatzingan el viernes, 1 de mayo de 2015 | 11:56

 
 
Pbro. Lic. Salvador M. González M.

 La imagen de la vid o de la viña es frecuentemente utilizada por el Antiguo Testamento para señalar al pueblo de Dios, Israel. “Sacaste un vid de Egipto, expulsaste a los paganos y la trasplantaste; le preparaste el terreno y echó raíces hasta llenar el país” (Sal 80,9) y continúa el verso 15: “ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plató y tú hiciste vigorosa”. Sin embargo, Dios se lamenta de esta vid suya que sembró en fértil collado, la rodeó con un cerca, cavó un lagar y le puso un vigilante; pero la viña no dio uvas dulces, sino agrazones, es decir, uvas que destemplan los dientes. Los profetas se lamentan de la infidelidad del pueblo: “esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia y ahí tienen: lamentos” (Is 5,7b).

  En el Evangelio de este Domingo V de pascua, Jesús se presenta como la “Vid Verdadera,” es decir, el verdadero pueblo de Dios, formado por la vid con sus sarmientos (que somos nosotros). No hay más pueblo de Dios que el que se construye a partir de Jesús y nosotros solamente podemos formar parte de ese pueblo elegido si estamos unidos al tronco de la vid que es Jesucristo, nuestro Señor.  Aquí se continúa el tema de la sustitución, iniciado en la escena de Caná: Jesús da el vino nuevo del amor (2,1-11); Él es la luz verdadera que se opone a la Ley (1,4-9; 8,12); el verdadero pan del cielo en contraposición al maná (6,32); el pastor modelo, en contraposición a los asalariados (10,11). Ahora se define como el verdadero pueblo de Dios.

 El sarmiento no puede dar fruto si no está unido a la vid, nos dice Jesús y después va subrayar: “ustedes sin mi nada pueden hacer” (v. 5). Esta es una realidad que más de alguno de nosotros hemos experimentado. Nuestra debilidad y flaqueza, cuando no tenemos la fuerza del Espíritu, que sólo pueden tener los sarmientos si están unidos al tronco de la vid, nos impiden tener la verdadera vida. La savia del Espíritu solo la beben las ramas que están unidas al tronco.

 Yo me he encontrado con esposos que a pesar de que han luchado por desterrar aquellas actitudes y vicios que dañan a su familia no han podido cuando han luchado solos. Personas que han fracasado en la vida porque se sintieron fuertes y poderosos y no se dieron cuenta que los hombres somos debilidad y sin Dios nos convertimos en ramas secas que las echan al fuego y arden.

 Pero también soy testigo de aquellos que han hecho de Cristo su fuerza, de los que se pegaron a Él y bebieron la sabia de su amor y ahí adquirieron la fuerza para el cambio, la capacidad de amar y así producir los frutos que Dios quiere y nos manifiestan como discípulos de Jesús.

 En cierta ocasión que explicaba este párrafo de la Escritura una señora me refutó diciendo: Padre, me dijo, yo conozco muchas personas que no salen de la Iglesia y no cambian, siguen igual de enojones, viciosos y mal vivientes. Efectivamente, le respondí,  van a la Iglesia, pero les falta dar el segundo paso: unirse a Cristo. En la viña hay muchos sarmientos separados del tronco; no por el hecho de estar dentro de la viña están unidos al tronco de la vid. Es más, hay sarmientos que después que los cortaron se quedaron entrelazados en las demás ramas de la vid y no por eso están unidos al tronco.

La diferencia entre los sarmientos unidos y los separados, es que los primeros permanecen verdes, lozanos y frondosos y después se llenarán de frutos; en cambio los segundos, poco a poco se irán secando, llegará un momento en que los recogerán, los echarán al fuego y arderán (v. 6).  Sin embargo, las personas que van a la Iglesia, tienen una ventaja sobre las que no van: tarde que temprano, la Palabra de Dios tocará su corazón se unirán a Cristo y entonces sí que cambiarán.
 Hoy la Palabra Santa manifiesta esa realidad: unidos a Cristo todo lo podemos, sin Cristo nada podemos hacer. El Apóstol Pablo nos da su testimonio personal: “yo todo lo puedo en aquél que me conforta”. Los santos también son un testimonio del cambio que se puede obrar en nuestra vida cuando nos unimos a la Vid Verdadera.

 La única manera de dar Gloria a Dios es a través de nuestras buenas obras, fruto del amor Cristiano. Que nuestra vida sea un continuo dar Gloria a Dios manifestando que somos discípulos de Cristo porque tenemos la capacidad de amar como él ama. Sólo así brillará nuestra luz en medio de los hombres y darán gloria a Dios al contemplar las buenas obras que hagamos (cfr. Mt. 5,16).
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