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“EL AMOR, FUNDAMENTO DE LA VIDA CRISTIANA.” (Jn 15,9-17). “Al caer de la tarde te examinarán en el amor.” (San Juan de la Cruz).

Enviado por Catedral de Apatzingan el sábado, 9 de mayo de 2015 | 19:54

 
 
Pbro. Lic. Salvador M. González M.

 Mucho se ha escrito sobre el amor. Poetas, escritores, músicos y místicos han vertido tinta al por mayor escribiendo sobre esta palabra de cuatro letras. La palabra ‘te amo’ es la más común en el vocabulario de un joven enamorado. ‘Amor, amar’, es lo que más repetimos nosotros los predicadores. El mandamiento del amor es la ley fundamental tanto del cristianismo como del judaísmo y, sin embargo, notamos en el mundo ausencia de amor. Guerras, destrucción, violencia, muerte (basta con recordar la reciente guerra de Irak y los ataques terroristas), explotación, injusticias, intereses económicos de los países poderosos, etc. Tal pareciera que 1250 años de judaísmo y los casi 2000 años de cristianismo hubieran sido inútiles. El hombre no ha sido capaz de valorar la importancia del amor y el papel fundamental que juega en la búsqueda de la felicidad.

 Juan es el evangelista que más habla del amor. Llega en sus cartas al descubrimiento del Dios amor y afirma que sólo aquel que ama conoce a Dios y se manifiesta como hijo suyo (1Jn 4,7ss). Es en su evangelio donde Jesús da el mandamiento nuevo que hará que nos manifestemos como discípulos suyos. El amor nos lleva al cumplimiento de los mandamientos los cuales a su vez nos hacen permanecer en su amor. El amor a Cristo se manifiesta precisamente en el cumplimiento de su mandamiento. Amar al prójimo es manifestar que amamos a Cristo y si amamos, entonces el Dios que es amor viene a habitar en nosotros. Cuando el hombre es capaz de vivir en el amor en ese momento el Dios que es amor habita en él. En el momento en que el amor triunfe en el mundo, dice el libro del Apocalipsis, “Dios pondrá su morada entre los hombres, vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo” (Apoc 21,3). Este capítulo culmina con una afirmación solemne: “Templo no vi ninguno; su templo es el Señor Dios, soberano de todo y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.

 Estar con Dios, es volver al origen de donde salimos, es el ideal y la esperanza hacia donde se dirige nuestra mirada. Jesús nos dice que si queremos podemos alcanzar este ideal y desde ahora, podemos vivir en la intimidad de Dios, hacer que habite en nosotros. El requisito es que amemos. Porque sólo si amamos nos haremos dignos de que el Dios del amor habite en nosotros y si Dios está con nosotros, exclama Pablo, ¿quién podrá estar contra nosotros?

 Cuando Clara de Asís pidió a San Francisco que le permitiera abrazar la vida que él llevaba le dijo: “yo no quiero que me entiendan los demás, yo quiero entender; tampoco pido ser amada, yo quiero amar; donde haya tristeza, por favor, ayúdame a encontrar alegría...” y Francisco aceptó a Clara en su comunidad, porque también ella había entrado en la dimensión del amor.

 Cuántos matrimonios deshechos encontrarían la reconciliación y la felicidad para ellos y sus hijos si entendieran  la importancia del amor, si hicieran el esfuerzo por volver al amor primero, al amor de juventud, a ese amor donde cada uno estaba dispuesto a sacrificarse por el otro. Porque el amor significa eso, donación total al ser amado a ejemplo de Cristo que se donó totalmente al hombre al extremo de dar su vida por él. El amor me lleva a esforzarme por comprender al otro, por ver las cosas desde su punto de vista, me lleva a tratar de agradarlo siempre, a hacer que se sienta feliz conmigo. El amor me hacer servicial, acaba con mi egoísmo y mi soberbia; el amor me hace feliz y hace felices a todas las personas que me rodean.

 

 Cuando Jesús se acercaba a Jerusalén exclamó llorando: “¡Si tú comprendieras en este día el camino que te conduce a la paz! Pero no, no tienes ojos para verlo” (Lc 19,42). A nosotros nos sucede lo que a los jerosolimitanos, no somos capaces de ver ese camino que nos conduce a la paz y a la felicidad. Por eso se ha hecho necesario recordar una vez más el mandamiento del Señor: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

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