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PRINCIPIO ESPIRITUAL IV

Enviado por Grupo.De.Evangelizacion.Infantil.Oasis el viernes, 12 de septiembre de 2014 | 22:10




CUARTO PRINCIPIO ESPIRITUAL
LLAMADOS A EVANGELIZAR

1.- Pero ¿Cómo lo invocaran, si no han creído en Él? ¿Cómo creerán si no han oído hablar de Él? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciaran si no los envían? Como está escrito: ¡Que hermosos son los pasos de los mensajeros de las buenas noticias! Solo que no todos responden a la Buena Noticia. Isaías dice: Señor, ¿Quién creyó nuestro anuncio? La Fe nace de la predicación, y lo que se proclama es el mensaje de Cristo. Rom 10, 14-17

2.- Porque si gratuitamente habéis recibido, dadlo gratuitamente. La misión permanente de la Iglesia es anunciar la Buena Nueva.

3.- LA NECESIDAD DE LA EVANGELIZACIÓN.
La comunicación es uno de los elementos más importantes que conforman las reglas éticas y funcionales de nuestra sociedad. Si tomamos ejemplo de nuestro entorno social, político y cultural, podremos observar que sin la comunicación sería prácticamente imposible la convivencia entre los seres humanos.
Nuestro mundo actual se comunica enérgicamente; la información que nos ofrece es constante y cada vez más eficiente. A saber, estamos cada día más y mejor informados, pues los esfuerzos que realiza nuestra sociedad no cristiana para que recibamos su mensaje de una manera clara y efectiva, son de primer orden. A este respecto es preciso preguntarnos: Y los cristianos, ¿tenemos algo que anunciar a nuestra sociedad?
4.- ANUNCIANDO EL MENSAJE AL MUNDO
Los apóstoles y primeros cristianos, siendo impactados por la Persona de Jesucristo, impregnados por su mensaje, aprehendidos de su ejemplo, y revestidos de sus enseñanzas... sí tuvieron algo que decir al mundo de aquella época: «Iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hechos 8,4). El mensaje de Cristo, en las primeras etapas de la iglesia primitiva, fue creído y vivido como una experiencia de Fe auténtica; y, como resultado lógico, anunciado a los demás.
El mismo apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, desarrolla una reflexión lógica dirigida a todos los creyentes: «Porque todo el que invocare el nombre del Señor Jesucristo, será salvo. ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído?  ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?  ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Rom 10,13-14). Según el texto bíblico, la evangelización conlleva tres grandes vías, las cuales dirigen a la salvación de la persona que recibe el mensaje: El «escuchar», el «creer», y el «invocar» al Señor Jesús… No obstante, para que se origine este proceso, es necesario que alguien, como hemos leído, les presente el mensaje. «Hablar» es una de las acciones que utilizamos para comunicarnos; por lo que, si los cristianos permanecemos en silencio, entonces: ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Por tal motivo, principalmente, resaltamos la gran necesidad que hay de proclamar al mundo quién es Jesucristo y cuál es su obra; quiénes somos los cristianos y qué es lo que creemos. 

5.- Si por el contrario a lo dicho, no nos interesa, en manera alguna, ganar almas para Cristo, tal vez sea ésta una señal de que hemos perdido el sentido central de nuestra vocación cristiana.

9.- El mensaje de salvación es de carácter urgente, y no hay tiempo que perder; para muchas personas es cuestión de vida o muerte. La llamada a evangelizar resulta inevitable: un mundo condenado necesita la Salvación. Y, definitivamente, no hacemos bien si permanecemos sentados en el «cómodo sillón» de nuestra vida, viendo ensimismados el transcurrir absurdo de la existencia humana.
¡Cuántos corazones entenebrecidos por el pecado vagan por este mundo, anhelando la luz de Cristo! Muchos aguardan el despertar en sus caminos de oscuridad y desorientación humana, esperando que alguien les ofrezca el iluminador mensaje de la Salvación. ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? (Is. 6,8), dijo el Señor al profeta Isaías. Como él mismo respondió, también cada uno de nosotros podemos responder hoy: ¡Heme aquí, envíame a mí! (Is. 6,8). En esta responsabilidad, probablemente algún cristiano pueda pensar: –Isaías era un profeta, un misionero, y yo no poseo tan grande vocación... Ciertamente que el Señor escoge a algunos creyentes para grandes labores, y entre ellas la evangelización. Pero, con toda seguridad, el Señor prefiere numerosos cristianos que lleven adelante misiones pequeñas, que importantes pero escasos misioneros con ocupaciones muy grandes.

10.- Notemos bien la enseñanza bíblica, porque todos nosotros, sin distinción, somos misioneros, y nuestra labor es buscar al hombre perdido que vive sin Dios y sin esperanza: Más vosotros (todos los cristianos) sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para (propósito) que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1ª Pedro. 2,9). Como podemos apreciar en el texto, uno de los cometidos importantes (expresado con el término para), es el de ANUNCIAR. Este compromiso es a la vez privilegio y responsabilidad de aquellos que han recibido el regalo de la Salvación, y por ende la vida eterna.

14.- PAPA FRANCISCO
Llamados por Jesús, llamados para evangelizar, llamados a promover la cultura del encuentro.
Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa con los sacerdotes, religiosos y seminaristas. JMJ Río 2013 (fragmento).

Amados hermanos en Cristo.
Viendo esta catedral llena de obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas de todo el mundo, pienso en las palabras del Salmo de la misa de hoy: «Que las naciones te glorifiquen, oh Señor» (Sal 66).
Sí, estamos aquí para alabar al Señor, y lo hacemos reafirmando nuestra voluntad de ser instrumentos suyos, para que alaben a Dios no sólo algunos pueblos, sino todos. Con la misma parresia de Pablo y Bernabé, queremos anunciar el Evangelio a nuestros jóvenes para que encuentren a Cristo y se conviertan en constructores de un mundo más fraterno. En este sentido, quisiera reflexionar con ustedes sobre tres aspectos de nuestra vocación: llamados por Dios, llamados a anunciar el Evangelio, llamados a promover la cultura del encuentro.

A. Llamados por Dios
Creo que es importante reavivar siempre en nosotros este hecho, que a menudo damos por descontado entre tantos compromisos cotidianos: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes», dice Jesús (Jn 15,16). 

No es la creatividad, por más pastoral que sea, no son los encuentros o las planificaciones los que aseguran los frutos, si bien ayudan y mucho, sino lo que asegura el fruto es ser fieles a Jesús, que nos dice con insistencia: «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15,4). Y sabemos muy bien lo que eso significa: contemplarlo, adorarlo y abrazarlo en nuestro encuentro cotidiano con él en la Eucaristía, en nuestra vida de oración, en nuestros momentos de adoración, y también reconocerlo presente y abrazarlo en las personas más necesitadas. El «permanecer» con Cristo no significa aislarse, sino un permanecer para ir al encuentro de los otros.
 
B. Llamados a anunciar el Evangelio

C. Ser llamados por Jesús, llamados para evangelizar y, tercero, llamados a promover la cultura del encuentro
Ser servidores de la comunión y de la cultura del encuentro. Los quisiera casi obsesionados en este sentido. Y hacerlo sin ser presuntuosos, imponiendo «nuestra verdad», más bien guiados por la certeza humilde y feliz de quien ha sido encontrado, alcanzado y transformado por la Verdad que es Cristo, y no puede dejar de proclamarla (cf. Lc 24,13-35).

Queridos hermanos y hermanas, estamos llamados por Dios, con nombre y apellido, cada uno de nosotros, llamados a anunciar el Evangelio y a promover con alegría la cultura del encuentro. La Virgen María es nuestro modelo. En su vida ha dado el «ejemplo de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 65).

Le pedimos que nos enseñe a encontrarnos cada día con Jesús. Y, cuando nos hacemos los distraídos, que tenemos muchas cosas, y el sagrario queda abandonado, que nos lleve de la mano. Pidámoselo. Mira, Madre, cuando ande medio así, por otro lado, llévame de la mano. Que nos empuje a salir al encuentro de tantos hermanos y hermanas que están en la periferia, que tienen sed de Dios y no hay quien se lo anuncie. Que no nos eche de casa, pero que nos empuje a salir de casa. Y así que seamos discípulos del Señor. Que Ella nos conceda a todos esta gracia.
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